Del puente a La Vela

Del Puente a La Vela

Al revisar el álbum familiar afloran los recuerdos de las vacaciones de Semana Santa o Carnaval, camino a las playas de Punto Fijo. Era frecuente ver caravanas de carros donde se leía, en los vidrios traseros, “De Maracaibo pa’ Coro #1”, escrito con Griffin blanco —el de pintar zapatos—, aquel potecito con la esponjita en la punta.

Así quedaron grabadas en la memoria las escenas de aquellos viajes por la carretera rumbo a Adícora, Buchuaco, El Supí y la preferida: Tiraya.

En abril de 2015 invité a cuatro amigos fotógrafos —César, Danilo, Ricardo y Walfredo— a dejar atrás el país urbano: ese de ritmo apurado que adormece al explorador de historias por descubrir, ese que todos llevamos dentro.

Quería ir al encuentro del país rural, el transparente, el de poblados donde el tiempo transcurre sin apremios. Pueblos arenosos, de brisas frescas, dispersos a lo largo de esa vía del occidente venezolano: la carretera Falcón–Zulia.

La energía del entorno nos moldeaba. Preparábamos los sentidos para dejar fluir la esencia del aventurero, en busca de la imagen nítida, en sintonía con las historias vividas por cada quien.

Del Puente a La Vela se fue armando como una conversación visual, evocando la experiencia de aquellos maestros que invitaban a “gozar la realidad” (Pérez Luna, Ricardo Armas, Brito, Sersa y Jorge Vall).

No faltaron las charlas conceptuales necesarias para darle forma, pero más allá de lo formal, esos paseos se convirtieron en un bálsamo para enfrentar la semana en tiempos complejos.

En ocaciones invitamos a otros amigos del grupo de Talleres Pixel (talleres de fotografía) Naivi Colina, Juan Lauretta, Juan Ortin y el entusiasta Eugen Hartmann.

La convocatoria era los fines de semana, muy temprano en la mañana. Para mí, pasar el puente ya era motivo de goce: lo asocio a viaje, vacaciones, a esa buena vibra de andar en carretera.

Para comenzar la jornada, una parada obligada era siempre un puesto de empanadas, pastelitos o cualquier delicia del camino que sirviera de desayuno.

Avanzábamos sin destino prefijado. Bastaba una entrada despejada para dejarnos rodar camino adentro. Al llegar al pueblo, nos dispersábamos como encuestadores de un censo nacional: cada quien se apropiaba de su parcela.