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Marylin XX

Recorriendo las callejuelas de Wynwood, por paredes que se debaten entre Pop Art callejero y  arte turístico comercial, me topé con una imagen potente: Marilyn con dos sendas XX, una en amarillo chillón y otra en verde manzana.

Son parte de la última sesión fotográfica de Bert Stern, y según cuenta la leyenda, las marcas fueron hechas por la mismísima Blonde Bombshell. Aquella mujer que flotaba al caminar, con su belleza inocente y mirada picante, que tenía a sus pies al mismísimo JFK.

La imagen me atrapó y me trasladó de golpe a Señor Cine, aquel programa de Radio Caracas Televisión donde Luis Guillermo González te introducía con su voz cómplice a Una Eva y dos Adanes, con Jack Lemmon, Tony Curtis y aquella rubia irresistible. Así conocí al personaje.

Porque Marilyn fue una construcción única. ¡Qué hechizo mágico! tuvieron los estudios de Hollywood para transformar a Norma Jean Baker en el icono más deseado del siglo XX. El personaje está perfectamente ensamblado, tan bien que hoy, sesenta y tres años después de su muerte, su imagen sigue siendo emblemática.

Pero las paredes de Wynwood desnudan algo más. Muestran la grieta. Porque Marilyn no rechaza al personaje con esas XX; está cómoda en él, se tacha a sí misma desde adentro, sin poder distinguir dónde termina el icono y dónde empieza la mujer.

Las XX no son un acto de rebeldía. Son el único gesto auténtico de alguien que perdió la identidad.