Intrigas del downtown
Un día te preguntas el porqué de los maniquíes. Sin tenerlo claro, pienso que su saber estar induce al relato de la sabiduría del silente, a ese misterio que los envuelve y que no puedes descifrar; y es allí, en ese umbral de lo inexplicable, donde adquieren un interés apetecible a tu curiosidad.
Los maniquíes trascienden el tiempo y el espacio, son inmunes al trastorno de déficit de atención con hiperactividad y a cualquier otro fantasma biológico que esté de moda. Se erigen como los únicos indetectables por la gente de los impuestos (por el momento). Tienen una elevada inteligencia emocional y no están inscritos en los registros electorales. Son una élite discreta; bien podrían ser los Illuminati o regentes del nuevo orden mundial.
Ellos utilizan las transparencias de los cristales como lenguaje; intuyo que se cortejan calladamente de una vitrina a la otra, con una sutileza que desafía cualquier intento de interpretación —lo que inevitablemente me recordó al mítico Alan Turing y sus códigos imposibles—. ¡Oye, te digo! He estado atento a esos pequeños guiños, y tras mucho observar creo tener mi recompensa. ¿Será que los maniquíes son una especie de conexión con el futuro?
Permíteme un ejercicio de guionista de Netflix: imagino, meses después de la devastadora pandemia que acabó con el ser humano, cómo la naturaleza furtiva pretende recobrar los espacios perdidos. En ese silencio nuevo, desolado, vagan los perros domésticos —deshilachados, con caras de pregunta, con andar constante—, ladrando a las vitrinas en busca de sus dueños. Y ven allí, a esos entes inertes e indiferentes. Nadie responde. Y en ese tiempo sin respuesta, algo genético despierta en ellos.
Al final del día, los maniquíes estarán allí como testigos mudos, ajenos al sentimiento. Y como reza el Génesis: "Fueron creados a imagen y semejanza…"